sábado, 13 de marzo de 2010

Se Busca




El título, muy probablemente, sugerirá en el lector la pregunta “¿vivo, muerto o como venga?” (y sugerirá, por supuesto, el ambiente western correspondiente). El problema es que responder a semejante pregunta es difícil, pues no sabría decir con exactitud si acaso Johnny vive o no. En todo caso, lo cierto es que existe, que es real, y de suma importancia; de ahí la necesidad del presente ensayo, en el que, como es de esperar, explico la importancia de Johnny recién establecida.

Para empezar hay que tener en cuenta la función morfosintáctica de nuestro buscado personaje: sustantivo propio, o, dicho de manera vulgar, un nombre. Aclarado este punto, la posición de Johnny en una oración cualquiera resulta evidente: sujeto. Pero, ¿sujeto de qué oraciones? ¿Qué determina la legitimidad de una aparición Johnniana? Para entender esto, primero hay que entender a Johnny en y por sí mismo, o sea, a Johnny en su grado máximo de pureza, desentendido de cualquier oración o situación arbitraria. Esto, por ser de tan vital importancia, merece un párrafo aparte, mas no se lo concederé, porque no estoy de ánimo para hacerlo. Un punto seguido bastará.

Johnny es, entonces, netamente, esencialmente, un recurso lingüístico: es un personaje cualquiera, que, por su calidad de inexistencia concreta, puede ser cualquier cosa; existir, por lo tanto, de cualquier manera. Esto no quiere decir que Johnny no es más que una mera abstracción tampoco; es muchísimo más que eso: es una idea, una palabra que no remite a nada en particular, un nombre que puede ser el sujeto de cualquier oración. Existe, entonces, igual que la nada en el Medioevo: el hecho de estar hablando sobre la nada implicaba, necesariamente, que ésta exista. El ejemplo es paradigmático para ilustrar el ser o no ser hamletiano de Johnny: existe como recurso, como palabra, como función (dentro de una oración, porque no creo que se lo pueda graficar). Así, por ejemplo, si uno escucha una frase que se refiere a un sujeto mencionado en algún punto anterior de la conversación, pero que es omitido en la frase en cuestión, uno puede usar a Johnny para increpar sobre el asunto: "ese hombre me desagrada profundamente" dice algún interlocutor, que, por simplificarnos la vida, llamaremos Pepe. En ese caso, uno, como todo intruso que se valore a sí mismo, dice a Pepe: "¿Quién, Johnny?". La reacción (de Pepe, de Juan o de cualquier otro) suele ser tan interesante que dan ganas de revivirla una y otra vez, por lo que Johnny se vuelve adictivo, y así que cada vez son más las oraciones y situaciones que se refieren a Johnny. Éste, por lo tanto, va formándose como personaje poco a poco: realiza tales acciones (es decir, es sujeto de tales construcciones verbales), se lleva bien o mal con cierta gente, es así o asá, etc.

Por lo tanto, cabe replantearse la existencia o no de Johnny, con el objetivo de definirla de la forma más acertada posible: si tiene una personalidad propia, por especial que sea, si realiza acciones, si se lo menciona en el diario vivir, ¿por qué no existe? ¿Acaso porque nadie lo ha visto? Si aceptásemos eso, entonces Johnny sería un mito, una leyenda urbana, una creencia popular: el que quiere cree en Johnny. Y si hablamos de creer hablamos de fe, y si hablamos de fe bien podemos hablar de deidades, de manera que Johnny ahora podría ser una de ellas, y estarían los Tomases que dirían "ver para creer", o las personas que simplemente creen en Johnny por creer en algo, por aferrarse a algo. Luego Johnny podría ser una filosofía de vida, y quizás existirían los Johnnianos, o los Legionarios de Johnny; los que siguen a Johnny, pero son vegetarianos y no comen ni carne de soya; los que dirán "alabado sea Johnny”; las posibilidades son casi infinitas (tanto así como infinito puede ser el pensamiento). Johnny, entonces, es todos, y, por lo mismo, nadie: no puede ser un particular, un individuo, sin ser todos a la vez, en acto o en potencia. Es, por lo tanto, indefinible como un solo ser, y de ahí que pueda tener una utilidad práctica tan valorable: puede tener la culpa de las desgracias, puede ser el que se comió el pedazo de torta, el que está parado en el umbral de la puerta mirando con esmerada fijación, el que nos persigue cuando caminamos solos, nuestro amigo imaginario, etc. El rango es amplio. Eso es lo que hace a Johnny una persona tan completa, aun si su existencia es, en estricto rigor, meramente nominativa.

Johnny, entonces, abarca la totalidad de los asuntos humanos; está en todas partes y en todos los tiempos, y es, por tanto, un constructo invencible: no posee identidad propia, ni siquiera puede atender al concepto de identidad, pero tiene tanta personalidad y tanta vida como queramos darle. Johnny es, pues, un personaje tan multifacético, tan de todos y de nadie, que no hay retrato que sirva, que no hay como representar su vida fuera de la lingüística. Lo interesante, sin embargo, es que se lo busca de todos modos, por inútil que esa empresa sea; se lo busca no sólo por crímenes al estado (robo a mano armada a diez bancos, dicen), sino también porque, muy en el fondo, Johnny es el principio de identidad en sí mismo; es, pues, como ya dije, todos y ninguno, alfa y omega, principio y fin, y muy amistoso.

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