
San Agustín pensaba que el mal era una sustancia creada por Dios, y que, por lo tanto, debía contener el bien dentro de sí. Esto generaba el absurdo de que, de ser así, el mal debería ser bueno, o, dicho de otra manera, el mal cumpliría una buena función. Para solucionarlo, San Agustín plantea que esta sustancia está sometida a eterna corrupción, de manera que su bien nunca se expresa. Siglos después, en el XVIII, otra corriente de pensamiento llegaría a un dilema similar: el mundo fue creado por un Dios perfecto, que no puede equivocarse; luego, el mal debe ser bueno, debe tener una función que cumplir, un lugar en esta maquinaria de engranajes. Su solución, sin embargo, fue distinta: el mal es, en último término, bueno. Así, nosotros consideramos el mal como no bueno porque no podemos percibir su fin último, su influencia en el futuro del mundo. Eso sólo Dios lo sabe. Un ejemplo de esto es Leibniz, quien planteaba que vivimos en el mejor de los mundos posibles, pero que, en calidad de criaturas imperfectas, no podemos darnos cuenta de ello. Voltaire, por su parte, plantea, en un principio, acordando con esta corriente general de la filosofía a la que me he referido, que el mal es bueno en una perspectiva inalcanzable para el ser humano (la divina); años después, sin embargo, plantearía al mal como algo malo aun si fue creado por Dios; tanto así, de hecho, que se burla abiertamente de Leibniz en su Cándido. Podría seguir citando teorías, pero, para efectos del presente, no hace falta.
Como el lector se dará cuenta, ninguno de los ejemplos anteriores realmente resuelve el dilema: San Agustín no explica por qué el mal y sólo él está sometido a eterna corrupción, ni tampoco por qué un Dios perfecto crearía algo que existe para estar en eterna corrupción (por mucho que tenga su grado de bien, si éste nunca se expresa, ¿de qué sirve?); los filósofos del siglo XVIII se aferran a algo que no se puede comprobar en la práctica, y que es, además, una solución teórica infinitamente simple ante algo que no se puede resolver (en lugar de tratar de dilucidar el asunto racionalmente, se atañen a la idea del Dios omnipotente que todo lo sabe, que crea todo con una razón última, y se explica el misterio a través de nuestra ignorancia e inferioridad); Leibniz, en particular, no se hace cargo del porqué un Dios perfecto crea a una criatura imperfecta ni de qué manera eso es distinto de crear algo "malo"; Voltaire, en su primera etapa, recurre a lo mismo que los filósofos de su tiempo (como corresponde a su posición de filósofo de su tiempo), y, en su segunda etapa, ni siquiera se plantea el dilema. Lo que quiero decir con todo esto es que el problema aún está ahí, que no ha sido resuelto. Intentaré, pues, darle una solución, aun si ésta no sirve más que por el día de hoy (quién sabe, quizás mañana u otro día un estudiante como yo tomará mi teoría y la criticará de la misma manera que hice yo con las del siglo XVIII y San Agustín. Daría pie para pensar en una suerte de tiempo cíclico que se repite una y otra vez. Pero me estoy saliendo del tema).
De partida, la idea de un Dios perfecto me parece inconcebible, tanto por la existencia del mal como por la existencia del hombre en sí (desde un punto de vista ecológico, el hombre es una plaga que consume y destruye al planeta de a poco; desde un punto de vista humanitario o social, el hombre es el único ser capaz de extinguirse a sí mismo; desde un punto de vista filosófico, el hombre es la única criatura pensante, hasta donde podemos distinguir al menos. Esto último puede ser bueno para algunos, pero si consideramos los otros dos puntos de vista, y que es justamente nuestra capacidad de pensar la que nos llevó a esto, la idea se vuelve menos atractiva. Por otro lado, el pensamiento es lo único que nos permite darnos cuenta de lo anterior, y, por ende, lo único que nos permite hacer algo al respecto. Cabe preguntarse qué habría sido mejor: nunca llegar a este punto, o llegar, tomar conciencia, y hacer algo al respecto. Claro que también existe la posibilidad de que no seamos más que un pequeño e insignificante proceso en la historia del universo, que, por ende, todo cuanto hagamos carece de trascendencia, sea eso destruir o salvar el planeta). Por supuesto que yo, en calidad de hombre (de ser humano quiero decir. Si fuese mujer lo más probable es que pensara igual), estoy feliz de existir, de ser parte de una especie (o plaga o lo que sea), aun si admito que perjudicamos más de lo que ayudamos (claro que esto puede ponerse en duda: ¿deberíamos pensar en nosotros por sobre el planeta o en el planeta por sobre nosotros? A mi juicio, en lo primero. Sin embargo, creo que la respuesta a eso es precisamente lo segundo: si no hay planeta, no vivimos). Y ese es justamente el punto: si estando en este mundo con la capacidad de pensar y entender lo que nos rodea (o creer que entendemos) hemos hecho tanto "mal", ¿por qué un Dios perfecto, que sólo haría lo que es bueno, nos creó? Podría ser como los dioses precolombinos: nos creó para adorarlo. Pero eso sería ser ególatra y egocéntrico, lo que no es perfecto (ante esto el lector salta y dice "¡ajá! ¡Error! El ser ególatra y egocéntrico es imperfecto en términos humanos, no divinos" Como respuesta, el escritor le dice que son los seres humanos los que conciben la idea de un Dios perfecto, que todo lo bueno que es él es bueno en términos humanos. No hay bondad o maldad divina. Le dice también que lo deje terminar su ensayo y que ya tratará este punto). Podría ser, entonces, que en último término seamos buenos, como decía Voltaire. Pero si consideramos que nuestro último término es destruir al planeta y, por tanto, a nosotros mismos, la cosa se vuelve absurda: ¿Para qué crear en el planeta a la criatura que lo va a destruir? ¿Acaso tiene que ser destruido? Y, si es así, ¿para qué molestarse en crearlo? ¿Por entretención? ¿Por salir de la ociosidad que significa la nada? ¿Por pasar los siete días más excitantes de su vida? Si la respuesta a estas últimas preguntas fuese afirmativa, Dios, una vez más, no podría ser perfecto. Y si no fuese afirmativa, ¿cuál es la respuesta? ¿Un fin último incomprensible? Ya vimos esto.
Tenemos pues, que no hay manera de que un Dios perfecto haya creado el mundo pensando en el mal y en el ser humano. Podría ser, entonces, que Dios no sea perfecto, que, como los dioses mayas y aztecas, se equivoque. Entonces seríamos o un error o algo que se escapó de las manos. Pero, en ese caso, Dios está contento con nosotros, pues no nos ha destruido (si tiene el poder para crear, tiene el poder para destruir. Y, si así no fuese, entonces podría crear a la especie que nos destruya, así como nosotros destruimos al resto). Si no está contento con nosotros, y no nos destruye por compasión, entonces es un Dios un poco tarado: en no mucho tiempo arrasaremos con todo lo que ha creado, y el mantenernos vivos sería una ridiculez que sólo llevaría a tener que crearlo todo de nuevo, desde el principio. Quizás eso sea justamente: necesita que el mundo sea destruido para crearlo de nuevo. Pero si es así, ¿por qué recurrir a la creación de una forma de vida? ¿No sería mucho más útil un diluvio de 40 días y 40 noches? Quizás es, entonces, un Dios creador, y su poder se limita a crear y nada más. Pero eso no quita que pueda crear un diluvio: creó los mares y la lluvia. Entonces tendría que ser aún más reducido: un Dios creador de vida, nada más. Si así fuese, alguien más tendría que haber creado todo lo que no es vida, y ese mismo alguien podría destruirnos. Quizás es ese alguien el que es un poco tarado, o quizás lo son los dos (al fin y al cabo, si sólo uno fuese tarado, el otro podría influenciarlo o decidir por él. Pero seguimos vivos). En resumen, para aceptar que existe un Dios que creó al mundo, hay que aceptar que existe más de uno, y que son todos tarados.
Si bien la idea de un grupo de dioses tontos me es muy atrayente, no puedo decidirme por aceptarla. No puedo negarla en función de la creación del mundo o de su manifestación en el mismo, pero sí puedo negarla con el propio ser humano. Más allá de cuál sea su naturaleza, si maligna o no, o de los motivos que lo lleven a actuar de una u otra manera, hay una cosa que es cierta: el hombre depende de vivir en sociedad. Durkheim lo plantea en su división del trabajo; Spencer y otros sociólogos lo ven desde el punto de vista de la familia; la psicología de hoy ve al hombre y mujer como una herencia directa de una organización primitiva, etc. Sea por el motivo que sea, es claro que el hombre se organiza, se agrupa con otros de su clase y forman un sistema de cooperación entre ellos. Como todo sistema, para que funcione debe tener parámetros de conducta, reglas que digan lo que se puede y no se puede hacer. Por ejemplo, si en una sociedad humana estuviese permitido matarse unos a otros, cada vez que un integrante se enfureciese con otro lo mataría. No tendría reparos con eso, no sentiría que hizo algo que no debía, porque está permitido. Si así fuese, la sociedad u organización se autodestruiría en cuestión de días, por lo tanto, no funciona. Lo mismo con el robo, con el causar daño a otros, etc. Eso es lo importante: si nos detenemos a pensarlo, todo lo que consideramos malo no es otra cosa que lo que impide el buen funcionamiento de un sistema. De la misma manera, lo que es bueno es lo que mejora este funcionamiento o, al menos, no lo perjudica en absoluto. Para ser más explícito, daré un ejemplo: es malo robar, porque genera una pérdida, ya sea en términos de dinero (el objeto iba a ser vendido) o en términos de interioridad, de espiritualidad (el objeto tenía gran valor sentimental para su dueño) o en cualquier otro término. Sea como sea, el acto de robar no favorece al sistema en conjunto (y recalco la palabra conjunto: el que roba sí se ve favorecido, de otra manera no lo haría). Por lo tanto, robar tiene que estar prohibido. Pero con sólo decirlo no se consigue nada; tiene que haber alguna suerte de estímulo, alguna consecuencia para el que roba. Entonces surgen dos cosas: la religión, que nos dice que robar es malo en cuanto perjudica a otro, y la ley, que nos dice exactamente lo mismo, agregando que el delito además es malo para el sistema. Cada una de las visiones ofrece un castigo distinto: el alma del delincuente será torturada después de la muerte eternamente, y el hombre será puesto en una miserable condición de vida y/o se le mutilará o torturará de alguna manera, respectivamente. Ambos sirven de incentivo para no cometer el delito (o, al menos, servían. Hoy nadie les presta mucha atención, y menos aún los creen). Como ejemplo de lo contrario, tomemos al jefe que da un bono de premio al trabajador más esforzado (no hablo sólo de trabajos de oficinas; cualquier clase de trabajo puede recibir una bonificación): este trabajador y todos los demás tienen un incentivo para ser reconocidos como "el más esforzado". Y ese jefe es un buen hombre, que no sólo será bien visto por sus iguales (ley), sino que además se irá, después de la muerte, a un lugar de descanso eterno, belleza infinita y paz interior, al lado de su padre creador que lo ama (religión. Claro que si el Dios es, como dije, tarado, el incentivo es menor. Por suerte la religión católica no piensa como yo). Pero eso quizás no sea muy convincente. Tomemos pues, otro ejemplo más clásico: es bueno el que sigue los mandamientos (o el que practica cualquier clase de religión), y malo el que no; es bueno el que sigue las leyes y malo el que no. Tanto en lo uno como en lo otro, tras una pequeña inspección, resulta notorio que es bueno el que ayuda al funcionamiento del sistema y malo el que no. Lo que quiero decir, entonces, es que el bien y el mal son términos inventados, creados por el ser humano para definir ciertos actos y normarlos: se llamó bueno a lo que era productivo y malo a lo que resultaba perjudicial; se establecieron regulaciones respecto de lo uno y de lo otro, e incentivos para que la gente hiciera "lo bueno" y no hiciera "lo malo". Así, no es que un Dios perfecto que creó el mundo haya creado el mal porque es bueno de una manera incomprensible, o porque desde su punto de vista no es malo, sino que, simplemente, no creó el mal (si creó o no el mundo es algo imposible de comprobar), porque de eso se encargó el ser humano, en base a su propio sistema de organización y convivencia.
En un último intento de convencer al lector, veamos a los tigres. Si aceptamos que Dios creador (y no tarado) hizo al mundo con mal incluido, entonces los tigres también deberían tener conciencia del mal y el bien, y estos deberían ser los mismos mal y bien que entiende el ser humano (hablamos de "el bien", no de "los bienes". Además, como fue creado por Dios, lo que hace el ser humano es entenderlo y/o conocerlo, no definirlo, es decir, el bien y el mal son preexistentes). En vista de eso, ¿por qué un tigre no tiene la misma reacción que un humano al matar a los cachorros de una tigresa? ¿Por qué no se queda traumado de por vida? ¿Cómo es posible que no tenga reparos en matarlos sólo para aparearse, si sabe que es malo? Podría argumentarse lo bueno que es el acto de aparearse, y que, para el ser humano, eso es más que motivo suficiente para cometer el mismo "crimen". Pero es evidente que no es verdaderamente así, que más veces que no, la conciencia moral detiene al ser humano antes de matar a los hijos de una mujer. Vemos pues, que lo que el ser humano considera malo y no hace (ya sea por los incentivos o simplemente por considerarlo "malo", es decir, indebido), el tigre lo hace sin problema alguno. Conclusión: el tigre es un bicho sin moral (entendiendo a ésta como conciencia del bien y el mal). De esto se sigue que no todas las criaturas tienen bien y mal; luego, éstos no son universales sino una condición particular del ser humano. A su vez esto implica que si fueron creados con el mundo, sólo el hombre puede percibirlos; si esto es así, entonces sólo existen para el ser humano, y son, por lo tanto, términos humanos que sólo se aplican a él. Como expliqué al inicio de este párrafo, si se asume que Dios creó el mal en conjunto con el mundo, el mal no puede ser exclusivo del ser humano. Si la definición de universal no le es familiar al lector, piense en probabilidades: es mucho más probable (y por ende, creíble) que el ser humano haya definido algo que sólo se aplica a sí mismo que asumir que el mundo fue creado con ventajas únicas a su destructor.
(1) En http://es.wikipedia.org/wiki/Leibniz#Filosof.C3.ADa se encuentra una cita de Paul de Bois-Reymond donde dice que el optimismo de Leibniz es puramente matemático, es decir, no moral. "El mejor de los mundos posibles", entonces, no sería el con menos mal moral, sino el más armónico. Si esto fuese así, se explicaría, en cierto modo, la existencia del mal como una necesidad inevitable, como una parte ineludible del cálculo universal. Esto, sin embargo, genera otras interrogantes: ¿por qué tiene que haber, necesariamente, un grado de maldad? Porque si Dios es omnipotente y maneja o manejó una infinidad de posibles universos, ¿cómo es que ninguna de esas posibilidades comprendía la no existencia del mal? Y también, ¿cómo sería un universo con más maldad, o con menos? Para el filósofo, claro, estas preguntas no tenían lugar alguno: creía firmemente en que todo tiene una razón de ser, aun si nosotros no podemos percibirla. O sea, tomó la salida fácil: no considerar el problema.
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