
Si yo anunciase mediante el presente que he visto a una vaca volar, seguro que nadie me creería, y no podría culparlos. Pero, ¿y qué si fuese posible? ¿Y qué si no tienen más que intentarlo? Esta pregunta, así como su aparente absurdo, requieren un grado de análisis un tanto mayor; en su párrafo propio, por supuesto.
Dentro de las muchas cosas que se consideran imposibles, la vaca voladora tiene un lugar emblemático: a la vaca se la imagina pastando, quizás mugiendo, pero nunca volando. Son cosas que simplemente no van juntas: nuestro bicharraco es o bien un paquetito de carne, o bien una caja de leche sin fondo, o bien una máquina de podar el pasto. Habrá quienes se encariñen con sus vacas como quien lo hace con un perro o un gato, pero eso es irrelevante: sea cual sea la imagen del animalito que se tenga, ninguna aceptará (al menos no sin anteponerle algo que denote que se trata de un trabajo de ficción) que las vacas vuelan tanto o más que los pájaros, y sin alas. Quizás sea porque no hay pastos tan altos que requieran su vuelo, o quizás sea la cara que ponen cuando se les habla de volar (los hermanos Wright seguro que conversaban ansiosamente con sus vacas acerca del tema), o quizás sea un asunto de física, de falta de medios. Sea como sea, nadie discute que las vacas no vuelan; tanto así, de hecho, que "el día en que las vacas vuelen" se explica a sí mismo. Hasta acá nada nuevo.
Sin embargo, el que algún día las vacas se adueñen de estatuas y tejados como lo hacen hoy las palomas (marcando el territorio de la misma manera) no es imposible: podría ser que mañana, después de años de opresión, los animalejos esos decidan luchar por sus derechos, y volar hacia mejores pastos (y si lo hicieran, ¿nos dejarían un recuerdo o se irían molestas?). Si bien la idea de terminar el presente ensayo con esa frase y dejar el resto al lector me resulta infinitamente atractiva, es mi labor como generoso (y maravilloso) escritor que soy expandirme un poco más en el tema. Veamos pues, en qué baso mi afirmación, tan calamitosa como pueda resultar.
Para entender la posibilidad de las vacas voladoras hace falta entender su imposibilidad, es decir, como fundamentamos lo ridículo de la idea. Se trata de una serie de motivos: primero, no les hace falta volar, pues todo cuanto pueden necesitar lo encuentran en tierra. Segundo, una cuestión de contextura: no se ven muy volátiles, volables, voladictas. La imagen de una vaca volando siempre será más la de una vaca flotando, pues no tiene alas para batir; el vuelo, entonces, estaría dado por reconocer un acto consciente en la dirección que toma una vez en el aire. Dicho de forma menos atractiva, pero más comprensible, la diferencia entre flotar y volar está en el control: el flote se transforma en vuelo cuando es controlado por quien lo lleva a cabo. A simple vista, por lo tanto, la vaca voladora es un absurdo, visión que se ve fundamentada por la ciencia, y ese es el tercer y último motivo.
Ahora bien, ¿de dónde sacamos que no les hace falta volar? Porque si aceptamos la teoría de la evolución tenemos que aceptar la posibilidad de que las vacas hayan volado alguna vez; que después se hayan adaptado a un medio terrestre y hayan cambiado su configuración sería, en cierta medida, un accidente (aún si el lector es devoto de la idea de un orden universal, por el hecho de ser éste incognoscible cualquier evento dentro de la historia del universo es, para nosotros, aleatorio, accidental). Y si, por el contrario, aceptamos que las vacas fueron siempre las mismas (sea porque así fueron creadas o porque el movimiento no existe o por cualquier otro motivo), lo único que podemos afirmar es que hasta ahora no han volado, o que, si lo han hecho, han sido lo suficientemente discretas al respecto, de forma que la idea nos parece un imposible. En otras palabras, nada podemos decir sobre las necesidades de la vaca, pues todo queda sujeto al beneficio de la duda: lo único que realmente podemos afirmar es que no las hemos visto dejar la tierra, y que, si alguien las ha visto, ese alguien está loco. Así, el ejercicio es a la inversa de lo que parecería en un primer momento: como nunca hemos visto a las vacas volar, asumimos que no les hace falta.
Tenemos, pues, que las necesidades vacunas se nos escapan. Sin embargo, necesitamos entender al animal como parte de la naturaleza, de lo que nos rodea, y de ahí que necesitemos sacar conclusiones respecto del mismo; una de las cuales es, claro, su incapacidad para volar. Pero esta conclusión se basa, como he dicho, en lo que hemos visto hasta el momento, por lo tanto, nada puede decir sobre el futuro; nada indudable, al menos. Y ese es precisamente el punto que quiero demostrar con el presente: todas las posibles descripciones que haya de la vaca están ligadas a sus capacidades, pero éstas no tienen otra base que una suposición; son, pues, afirmaciones hechas a raíz de una observación particular, del desenvolvimiento de un fenómeno particular, si se quiere, pero nada en ellas indica que serán necesariamente así por los siglos de los siglos. Esa parte la ponemos nosotros; sea por nuestra propia tranquilidad intelectual y espiritual o por una cuestión epistemológica: necesitamos creer que las cosas "son", es decir, permanecen en el tiempo, al menos en el tiempo de una vida humana. Ante esto el lector pensará en el tercero de los motivos dados anteriormente: la ciencia. Dependiendo de sus conocimientos en los campos de la misma, dirá algo como "la evolución toma mucho tiempo" o "una estructura molecular no va a cambiar de un momento a otro sin la intervención de una fuerza externa al sistema"; cualquiera sea el caso, la respuesta es la misma: ¿cómo determinar eso? "Bueno, para eso están los experimentos", dirá. Pero, ¿qué son los experimentos, si no la observación de un suceso (o una serie de ellos) y la posterior interpretación del (o los) mismo(s)? Dicho de otra manera, ¿dónde está la exactitud de las ciencias exactas, si todo se reduce a una percepción? Como me imagino una respuesta del tipo "dos más dos dan cuatro aquí y en la quebrá del ají", veamos, una vez más, el asunto en mayor profundidad.
Supongamos que en el día 1 vaca-humano (es decir, el primer día en que el hombre tuvo contacto visual con una vaca) se la vio en tierra. Si al poco rato ésta hubiese levantado el vuelo dicho acto habría sido "anotado", y el volar constituiría parte de las vacas como lo es de los pájaros. Pero no lo hizo, o por mucho tiempo más ella y sus pares se rehusaron a dar muestras de esta capacidad (sus motivos me son desconocidos, pero sospecho lo peor); tanto así que su vuelo pudo haber pasado al olvido. Así las cosas, puestos a intentar conocer, diríamos de la vaca lo que de ella observamos: que come pasto, que camina, que es de tal color. Esos primeros datos luego serían estudiados por la ciencia, la cual, en un intento de explicación total del universo conocido (o lo más cercano a eso que se pueda), definiría a la vaca en virtud de su posición en el mismo: mamífero, se alimenta de plantas, tiene tales comportamientos, etc. Queda explicada, por lo tanto, la vaca, y esta explicación es pensada en conjunto con otras: si se lanza un objeto al aire éste vuelve; despegar los pies del piso requiere un esfuerzo; pareciera, por lo tanto, que hay un grado de resistencia al movimiento (sobre todo hacia arriba) inmanente al lugar mismo que habitamos. Todo esto, como podrá notar el lector, corresponde a los conceptos de inercia y fuerza: en "reposo", es decir, antes de ser afectado por algo externo, cualquier cosa está quieta (respecto del planeta). Aplicar una fuerza externa puede producir cualquier efecto, dependiendo de la fuerza; entre ellos, el movimiento. Con eso se explica lo observado: si no movemos las piernas no caminamos, si saltamos volvemos a caer, y lo mismo para las vacas.
Con esto en mente se describen modelos explicativos para la situación: hay una fuerza de atracción desde el centro de la tierra hacia afuera; se necesitan alas para superarla por tal y cual razón. Las vacas no vuelan, entonces, porque no tienen alas ni nada que les sirva del mismo modo. Esto, sin embargo, sólo tiene sentido asumiendo que existe esta fuerza de atracción, cosa que no podemos saber con certeza, pues si bien es una explicación que sirve, se trata en realidad de una cosa que podría ser, no que es, pues al final es un invento. Así, la inercia, la gravedad, la energía, la fuerza, y, en general, todos los elementos que componen el "funcionamiento del universo" son un invento humano, y están acotados a lo que se crea o perciba en el momento de su invención. Es por eso que la ciencia está constantemente renovándose a sí misma: Isaac Newton, por ejemplo, planteó que las órbitas alrededor del sol y de los planetas se debían a una fuerza de atracción ejercida por éstos; siglos después, al verse en una situación en que el modelo newtoniano no podía explicar las interacciones interplanetarias, Einstein propone otra explicación: la inercia. Los planetas simplemente se "dejan caer", siguen un curso determinado por la curvatura del espacio. Un mismo fenómeno, por ende, tiene al menos dos explicaciones: en una el movimiento es causado por una fuerza exterior al cuerpo en cuestión; en la otra, el movimiento se da como una propiedad del mismo (pues la fuerza que lo gatilla no es otra que su propio peso). Lo que hay que entender de esto, entonces, es que la ciencia no es una verdad absoluta, sino que es tan sólo un modelo, una posible explicación planteada siempre como tal.
Nada de lo que sabemos, entonces, es verdad, pero tampoco es mentira: son, simplemente, teorías basadas en lo que se percibe, o, mejor dicho, son la generalización de un fenómeno: si ocurre (o no ocurre) repetidas veces, entonces es seguro aceptarlo como una suerte de "ley natural", siempre y cuando se entienda que se trata de un modelo propuesto, esto es, válido hasta que se demuestre lo contrario. Pero podría ser que todo esto no fuese suficiente para mi estimado lector, que no logre entender lo que quiero decir, pues su definición de ley natural es, justamente, algo similar a "lo que siempre pasa" (la ley per se sería, claro, el porqué de tal suceso). Así, por ejemplo, que el fuego queme es una ley natural: siempre que nos acercamos quema, y eso no va a cambiar. Examinemos, pues, las ideas detrás de esta concepción.
Si admitimos que existe un motivo, una explicación detrás de lo que percibimos, entonces esas percepciones obedecen a una suerte de "orden natural"; las leyes serían los principios básicos que gobiernan los resultados otorgados por tal orden, o dicho más simplemente, de estas leyes dependerá lo que percibamos; conocerlas nos da el poder de utilizarlas para nuestro favor (siguiendo el ejemplo anterior, usamos el fuego para calentar la carne). El universo, así planteado, funcionaría en una suerte de lenguaje matemático, o, como habría dicho Pitágoras, en un lenguaje numérico: en algún nivel imperceptible por nosotros, hay una operación (inevitablemente me lo imagino como una ecuación) realizándose entre los elementos del conjunto universal; su resultado es el fenómeno en cuestión (la carne asada). Dejando de lado, por ahora, el problema de quién realiza los cálculos, pensemos en la prolongación de éstos durante un tiempo infinito (pues incluso el Big Bang y el Big Crunch serían "resultados"): ¿será posible que se mantengan los mismos resultados? Según la lógica, claramente es posible; lo imposible es que no sea así. Sin embargo, ¿cómo explicamos el crecimiento, la evolución, el envejecimiento o cualquier otro cambio, si las leyes son tales y los resultados siempre los mismos? Y por otra parte, ¿cómo asegurar que un mismo cálculo, prolongado al infinito, dará siempre el mismo resultado, si nunca lo hemos intentado? Dirá el lector "aah bueno, pero puesto a sumar dos más dos una infinidad de veces cualquiera se equivoca", pero ¿es el error realmente humano? ¿No resulta mucho más posible que, dada una cierta cantidad de tiempo, el resultado varíe, explicando pues el cambio?
Aunque así no fuese, no debemos olvidar el problema referido más arriba: dos más dos son cuatro y el que cuenta, es decir, sin la persona que realiza la suma, ¿cómo sabemos cuánto da? En otras palabras, ¿cómo puede haber un orden universal sin un sujeto que lo exponga? Y si no puede haberlo, ¿cómo asegurar que se trata, efectivamente, de algo ajeno a, e independiente de, nosotros los seres humanos? O, por ser más específico, ¿cómo saber que el fuego asa la carne sin alguien que registre este fenómeno? Con todo esto en mente, ¿dónde está la relación entre fuego y calor, el nexo causa-efecto entre ambos, sino en nuestras cabezas?
Dicho todo esto, volvamos a nuestra ocupación principal: las vacas. Todo cuanto sabemos de ellas se basa en lo que hemos visto hasta el momento; parte de eso es que no vuelan, sea por el motivo que sea (orden universal, falta del mismo, voluntad divina, capricho bovino). Pero si, como ya hemos visto, todo lo registrado hasta el momento es válido hasta demostrar lo contrario, ¿qué sucedería si las vacas volaran? ¿No buscaríamos, acaso, la explicación para ese fenómeno, relacionándolo con lo que ya sabemos del bicho? Y, lo que es más, ¿acaso no la encontraríamos, aún si significase arrojar por la borda siglos de mecánica clásica? En otras palabras, ¿cómo aseguramos que las vacas no pueden volar? ¿Porque su configuración física se lo impide? Pero si somos incapaces de describir el orden absoluto del universo, y si éste, de existir, no puede hacerlo sin nosotros ¿qué certeza hay, más que nuestra propia convicción, acerca del vuelo vacuno?
Así pues, los bichos esos son potenciales voladores, y más vale tenerles cierto recelo: nunca se sabe cuando un muuu podría ser, en idioma vaca, el código secreto que anuncia que ha llegado el momento de la verdad, el momento en que todas las vacas del mundo levantarán lentamente las patas del suelo y, al son de otro muuu (este más prolongado y enérgico), iniciarán un bombardeo aéreo-fecal.
Para finalizar, lector, en vista de que se ha familiarizado con el mugir (dada la forma onomatopéyica escrita anteriormente), le propongo que lo hagamos al mismo tiempo, con fuerza, con vigor, con convicción vacuna: ¡MUUUUUUUUUUU!
(1) Ja.
(2) Entre comillas porque el universo no tiene por qué funcionar.
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