
Este maravilloso ensayo parte, sorprendentemente, de una experiencia muy mundana, casi vulgar: comprar un pan con queso en la cafetería de mi universidad. Sucede que, para recibir el pan, hay que entregar la boleta, que después ellos la guardan y se la dan de comer a una cabra que tienen escondida en el patio del vecino del que recibe la boleta (el vecino no sabe nada de esto, claro). Son muchas cabras, porque el que recibe la boleta rara vez es el mismo, pero todo está bien: se compran muchos panes con queso, o muchas tostadas, o muchas cosas que ameriten el recibir una boleta para alimentar al pobre bicho que se queja de lo insípido del pasto del jardín. Pero dejemos a las cabras tranquilas, que si no se ofenden o se reprimen o se intimidan (depende de la cabra), y volvamos a la entrega de boleta en cuestión: yo sostenía la boleta debajo de mis dedos índice, del medio y anular (el chico no, porque la boleta es más alta que ancha), y el vecino del dueño de la casa en cuyo jardín habita la cabra número cinco (quizás la cuatro, ya no sé), toma el extremo que mis dedos no están tocando (estaban apoyados más o menos en el medio del papelito) y le da un pequeño, difícilmente perceptible, tirón, obviamente haciéndome saber las ganas de sostener el valioso objeto entre sus manos (la cabra moría de hambre, seguro), ganas que, y esto es lo importante, denotaban un apuro, como si la hubiese sostenido por mucho rato y la pura mirada no hubiese sido suficientemente evidente. Para mí, sin embargo, todo el asunto no duró más de un minuto, si es que llegó al minuto; él, por otra parte (motivado quizás por la insistencia de la cabra cinco o cuatro), parecía que me hubiese estado esperando por cinco o incluso diez minutos. Todo esto me llevó a reflexionar, lo que, a su vez, me llevó al momento presente de escribir, que lógicamente no es presente, y de eso se trata todo, pero calma, queridísimo lector, que ya llegaremos a eso.
Podríamos decir que, para un observador externo a la realidad en que nos desenvolvíamos yo y el vecino de la cabra en cuestión, el tiempo que transcurrió entre todo el traspaso de boleta fue uno solo; digamos, por definir alguno, que fue un minuto, que lo cronometró. Ahora bien, ¿cómo explicamos que para mí todo haya durado muy poco, y que para él, al parecer, todo haya durado mucho? "Es cuestión de percepción", se dirá. Y es cierto: yo no sé ni puedo saber cuánto tiempo transcurrió para el señor de la cabra cuatro (o cinco); tampoco puedo saber cuánto transcurrió para mí; lo único "objetivo" que se puede decir es que duró un minuto, y eso porque alguien que no estaba inmerso en la historia lo cronometró. Sin embargo, si el minuto duró más o menos de un minuto o un minuto justo dependiendo de quien lo percibiese, ¿por qué debería confiarse en la medida del cronómetro? Quiero decir, si el tiempo transcurrido en una acción tan simple puede y fue distinto para mí que para un dueño de cabra, y si esto fue un "engaño" de la percepción, ¿cómo es que éste no se extiende al observador externo? ¿Por qué su percepción es más certera que la nuestra? "Precisamente porque es externo" pensará el lector, casi sonriendo para sí mismo al demostrarse más inteligente que yo, pero hay que tener en cuenta (y con esto borro esa sonrisita) que nadie es externo a todo, que todos estamos percibiendo algo (muchas cosas, de hecho), sea lo que sea, y que, por lo tanto, todos se hallan en alguna suerte de universo sensorial; todos están sujetos, pues, en todo momento, a que su percepción los "engañe". Y así, aun si el minuto fue cronometrado, ¿qué me garantiza que esa cronometración no es, a su vez, un "error" de percepción? Dicho de otra manera, ¿qué hace más real al minuto marcado por el cronometro que a la fracción de éste percibida por mí o la extensión del mismo que percibí en cabrero cinco (o cuatro)? De esto se desprende la pregunta que guiará al próximo párrafo: si el tiempo puede ser percibido de forma distinta por distintas personas, si la percepción puede "errar" en cualquier momento, ¿cómo establecer un tiempo real, objetivo?
La respuesta, claro, es evidente: no se puede. Hemos inventado aparatos que miden el tiempo y unidades para medirlo buscando precisamente una objetividad, y, para efectos prácticos (como darle de comer a la cabra, que a esas siempre les da hambre a las 16:00 hrs exactamente, tiempo de Chile), funciona. Hasta acá todo bien puede ser obvio, al menos superficialmente (siendo un escritor tan genial como soy he mantenido la idea fundamental de todo esto oculta, al menos parcialmente): sabemos que el tiempo se percibe, sabemos que puede ser distinto para varios y por varios motivos (el animalejo cuatro o cinco en el jardín del vecino es uno de ellos); sabemos también que puede ser medido dada una unidad en la cual expresarlo, lo que a su vez permite la visión "externa, objetiva" que mencioné. Aunque signifique repetirme a mí mismo, sin embargo, debo hacer la pregunta: ¿podemos establecer dicha visión? Mejor dicho: ¿qué es el tiempo, fuera de la percepción? ¿Dónde está, cuál es su efecto?
Ante esto pensará el lector, como pensó un amigo (que estudia agronomía, pobre) cuando le propuse el tema, "es obvio, por ejemplo, que envejecemos: las células se mueren, nacen otras, se van degastando, y lo mismo pasa con nosotros. Hay cambio, luego, hay tiempo", así como quien diría "pienso, luego, existo". Debo remitir pues, a quien piense de esta manera, a lo mismo: ¿dónde está eso? ¿Quién me asegura que las células envejecen, que nosotros envejecemos, que morimos, que nacemos? "Eeeeh, ¿el microscopio?" dirá el lector; "la cabra número cinco", le contesto, ante lo cual su desconcierto es máximo, porque él estaba seguro que era la número cuatro y no la cinco o la seis (¡pero si no hay seis! Aunque quizás...). Aprovechándome de que bajé sus defensas vuelvo a atacar: ¿qué me asegura que las cosas que se ven por el microscopio están ahí? "¡Que yo las veo!" diría mi amigo (no llegó a decirlo, la conversación se vio obligada a terminar antes de que pudiese responderle a sus células debido a las interesantísimas ocurrencias de un partido de backgammon), y entonces está justo donde yo lo quería: ¿y acaso no es el ver una percepción? Dicho de otra forma, ¿puede, él o el lector, asegurarme que cualquier cosa está ahí sólo porque se la ve? Porque puede asegurarme que la ve, y yo le creeré (a él, a usted, lector, tendría que pensarlo), mas de la misma forma yo puedo asegurarle que el minuto transcurrido con el chupa cabra (porque dícese que las tienen en la casa del vecino para, de vez en cuando, sigilosamente, en las noches de luna llena, chuparles un pelo) duró de hecho treinta segundos, o cinco minutos para él (para el chupa cabras, mi amigo no estaba presente), y el cronómetro diría que eso es mentira. Si mi percepción, entonces, es un engaño, ¿por qué las que muestra el microscopio no lo son? ¿Porque la vista no miente? ¿Y entonces qué son los espejismos? "Aaaah, pero a los espejismos no se los toca, y yo a esta muestra de célula de pelo de cabra la puedo tocar", pero, una vez más, ¿no es el tacto una percepción también? ¿Qué la hace menos dudable que el resto? Porque si tocásemos una silla con los ojos cerrados, ¿podríamos distinguirla de cualquier otra que sea igual físicamente? Si, por ejemplo, a ojos cerrados, tocásemos la primera silla de una sala de clases y luego la inmediatamente adyacente, ¿podríamos definir su orientación espacial sin tocar la otra (es decir, a qué lado está la primera de la segunda), si no las hemos visto antes ni tienen ninguna diferencia física? Vale decir, valiéndonos del tacto solamente, ¿podemos distinguir dos cosas iguales? Claro que no, pero si son iguales entonces tampoco podemos distinguirlas por ningún otro sentido, cuestión de definiciones; podemos distinguirlas y llamarlas de distinta manera, sin embargo, conforme a su ubicación espacial-temporal: la silla número uno de la sala de clases está en tal posición y la número dos en tal otra.
Sin embargo, la ubicación espacial es cuestión de la vista: si en la misma sala las mismas sillas se orientasen de forma distinta el espacio podría parecer mucho más grande, mas al medirlo el área se manifiesta como una y la misma siempre. Otro error de percepción, como los espejismos, pero éste es determinante: el espacio puede variar aún siendo el mismo, el tiempo también, y, si estas dos dimensiones son las que nos permiten, finalmente, definir a un objeto, se entiende que el objeto es tan dudable como las dimensiones mismas. En resumen, y para facilitar la comprensión: si la vista nos engaña, recurrimos al tacto o al olfato (espejismos); si alguno de éstos nos engaña recurrimos a la vista (dos sillas iguales físicamente, dos cosas que tengan el mismo olor); si todos nos engañan (dos sillas, por seguir con el ejemplo, que sean iguales en todo sentido, y ojo con esa palabra), recurrimos al espacio-tiempo: dos objetos que parezcan iguales al tacto, al olfato y a la vista se los puede reconocer como diferentes si se los ve ocupando un espacio distinto en un mismo tiempo. Pero revisemos esa frase: si se los ve. Si la vista pudo engañarnos al ver las dos cosas en tiempos separados y hacernos pensar que eran la misma, ¿cómo decir que no nos engaña ahora? Recordemos el caso de Funes: el perro de las tres y catorce es, para él, muy distinto del de las tres y cuarto, pues uno está visto de perfil y el otro de frente. De esta forma, si bien son, para una visión que no sea la de Funes, el mismo perro, para aquel que es capaz de registrar todos los detalles de una situación cualquiera se trata de dos "cosas" (sin ánimos de ofender a los caninos) muy distintas. Sería nuestra percepción engañosa, entonces, la que nos haría entender al de las tres y catorce como el mismo perro que el de las tres y cuarto.
Así pues, ¿cómo definir cualquier cosa en términos extra sensoriales? ¿Cómo asegurar que cualquier cosa existe, si todo lo que nos permite percibirla puede "engañarnos"? ¿Porque podemos pensar la cosa? Pero todas nuestras categorías mentales, todos nuestros pensamientos, se basan en parámetros de percepción, y así pues, ¿cómo asegurar que son reales? Si el genio maligno engaña a nuestros sentidos, y en éstos se basa el pensamiento, ¿cómo es que no está engañando también a nuestros pensamientos? ¿Cómo asegurar, más aún, que estoy pensando (y por ende existiendo) si nadie puede percibir mis pensamientos salvo yo? Y si los pudiesen percibir, sea por facultad de ellos o porque yo se los comunico por algún medio, ¿cómo pueden estar seguros de que los están percibiendo realmente y no es obra del genio maligno?
Dado el caso, al lector no le queda sino recurrir a la más ridícula de las ideas: "si lo puedo nombrar significa que existe". Lo mismo decían los poetas medievales acerca de la nada: si se la nombra es porque existe. Mas a mis estimados antepasados les pregunto ¿dónde está la nada? Y si estuviese en cualquier parte, ¿cómo podrían ustedes decirme que está ahí? Obviando lo dudable de la percepción definida en los párrafos anteriores, sucede que la nada es la ausencia de cualquier cosa, por ende, no hay percepción posible, y, sin ésta, ¿qué hay? ¿Cómo asegurar que hay algo si no se lo puede aprehender de manera alguna? Se preguntará entonces cómo explicar que exista la palabra nada, y la respuesta es simple: es un criterio, una categoría, como diría el señor Kant. Vemos, percibimos, que hay cosas; percibimos también que faltan cosas, o que pueden faltar, y llevamos las concepciones al extremo con el fin de podernos expresar: ponerle un nombre al término medio es imposible, porque las ausencias o las presencias son variantes y definen a lo percibido como algo distinto (recordemos, una vez más, a Funes). ¿Cómo aplicarle un nombre, por ejemplo, a una sala de clases donde falten tres sillas y el mismo a una donde falten cuatro, o cinco, o seis (habrían seis cabras después de todo...)?
La solución está, por ende, en definir los límites, y es la misma operación que se utiliza en matemáticas: para una función, cuyo valor es variable y dependiente de ciertos factores, se definen su expresión máxima y mínima, y en base a éstos el recorrido, esto es, un estimado de los valores posibles (que siempre son infinitos, porque a las matemáticas no les queda otra que pisarse su propia cola. Lo mismo es cierto con el lenguaje, pero ya llegaremos a eso). Así pues, si yo nombro a la silla, ¿de qué manera significa que ésta existe? De hecho, si invoco a la silla se me hace una imagen mental específica (en la que habita una cabra, creo que la número uno), que luego puede ser muy distante de la imagen que percibo (Platón se encontraría con el mismo problema), y entonces, ¿qué silla es la que es real cuando la nombro? La solución adoptada por nosotros, a diferencia de Platón, es la de definir un objeto en virtud de su función: todo lo que sirva para sentarse es una silla, independientemente del cómo se vea. Esto, sin embargo, abarca un rango gigantesco: desde un tronco a un trono (nótese que las dos empiezan con tron y terminan con o), por ejemplo. La idea subyacente sin embargo es la misma: existen límites para la función de silla, y éstos pueden o no corresponder a la imagen "ideal" que se tenga; la palabra, no obstante, sirve para denominar a todo el rango, así como "entre todo y nada" puede definir a toda combinación posible de ausencias y presencias. Pero el mismo hecho de que un término defina únicamente a uno de los límites o al recorrido completo implica la imposibilidad de decir que algo es real por el puro hecho de nombrarlo: la cabra número uno, quizás, entenderá algo distinto por silla que la número tres, y de ahí sus dueños (que trabajan en la cafetería de la Facultad de Comunicación y Letras de la universidad Diego Portales, no olvidar) entenderán algo todavía más distinto, y los hospedadores de las cabras, a su vez, diferirán también, habiendo tantas sillas ideales, quizás, como cabras y dueños y hospedadores hay (que vendría a ser variable, porque quizás dos esforzados recibidores de boletas alcanzan a alimentar a una sola cabra, y, por otro lado, aún no sabemos si hay una sexta cabra. Hablase además de una sintonía mental increíble entre la cabra dos y la tres, y entre la seis y su dueño y el vecino que hospeda a la número uno, pero la cabra no, que esa es más reservada). La pregunta es, pues, ¿cuál de todas estas sillas es la real? Más aún: ¿por qué?
Ahora bien, ¿cómo afirmar que todos, al nombrar a la silla, nombramos a la real? En la misma línea, ¿por qué lo que nosotros entendemos o nos imaginamos por silla es más real que lo que imagina la cabra uno en su situación reservada? ¿Porque nosotros le pusimos el nombre? Pero si el nombrarla la hace real, significa que el objeto en sí mismo es su nombre, que algo en el objeto le otorga su representación en las categorías mentales; por ende, todos deberíamos llamar silla a lo mismo, incluso las cabras. Y si esto no es así, ¿qué clase de realidad otorga el nombre a una cosa determinada? ¿No es, acaso, mucho más creíble (una vez más, ojo con esta palabra) que nosotros le dimos un nombre para poder comunicar el objeto entre nosotros? ¿Que el hecho de que este nombre pueda comprender un rango casi infinito (si es que no infinito) de cosas, de ejemplos, es para mantener la mayor simpleza comunicacional posible? ¿Que, por ende, como dije en un glorioso paréntesis más arriba, asumir que el nombre o la manifestación verbal de un objeto o fenómeno le otorga el grado de real a éste no es más que un juego lingüístico que se da vueltas en sí mismo?
Con todo esto, el lector quizás ha perdido el hilo y se preguntará qué tienen que ver las boletas (las cabras no, porque esas tienen mucho que ver). Yo, el magnífico escritor, tras un suspiro de resignación ("sigh..."), lo devuelvo al asunto del tiempo: el minuto no es menos objeto de la percepción que la silla. Mejor dicho: el tiempo, de por sí, no existe, no es un predicado real. Y de esto he querido dar varias razones: primero, que todos percibimos el tiempo de forma distinta, que el único tiempo realmente existente es el así llamado "psicológico". Se pensará pues que existen los cronómetros, que aquél que percibe el tiempo desde "afuera" tiene una visión objetiva, mas ya he desmentido toda clase de objetividad de la percepción: incluso la persona de "afuera" está percibiendo, y su visión no es, por ende, más objetiva, más real, que la de él o los que estén "adentro". En último término, se pensará que nombrar al tiempo le otorga existencia, que si lo nombramos es porque está ahí y lo percibimos, mas volvemos a lo mismo: percepción. Y esa es la conclusión de este bellísimo ensayo: el tiempo no existe más allá de la percepción, no es uno, sino que es lo que cada quién sienta que es (sentidos: tacto, olfato, visión, etc. ¿Qué nos dice esto de los sentimientos, en virtud de lo que he escrito? Eso, quizás, sea cuestión de una próxima entrega, aunque, de seguro, ya se hace la idea de lo que diría). Así, que la cabra uno se demore más en engullir una boleta que la dos o la tres o la cuatro o la cinco (de la seis no podemos estar seguros) no es un "hecho"; es un dato recogido por alguien (¿la cabra seis?), y es, por ende, dudable: bien podría ser que la cabra en cuestión (¡pero están todas en cuestión: su misma realidad es cuestionable!) sienta, vea a las otras como muchísimo más lentas, y eso está muy bien, porque es una cabra muy reservada, o así dicen.
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