
Hoy, por esos desvaríos de la vida, pensé en las muchas cosas que he hecho y que no haría. He ahí el punto de este ensayo: haría. Para mi fiel lector, la cosa debería ser "...hecho y me arrepiento", o "...y que no debería haber hecho", o similar. Algo que, en el fondo, indique un pasado; que indique, entonces, que en tal situación debería haber actuado distinto. Pero esa es la paradoja de toda la historia, y lo que me motiva a escribir este hermosísimo texto: supóngase que me arrepiento de mi curso de acción en una situación particular, a la que, por conferirle un status de solemnidad y grandeza, denominaré C.H. (siglas de "caso hipotético", que no sólo suena muy formal y correcto, sino que, además, esta en mayúsculas, así que la cosa se lee de lo más seria). Supóngase también (y espero no abusar de su capacidad imaginativa, lector) que yo encontrase una forma de volver a C.H. Lo lógico sería asumir que, dada la posibilidad, intentaría o bien persuadirme a mi mismo de actuar de forma distinta (asumiendo que habrían dos yos en ese tiempo) o bien actuaría distinto, entendiendo que el volver a C.H. sería más tipo "El Efecto Mosca de Mantequilla" ("The Butterfly Effect" intencionalmente mal traducida, por supuesto), en que yo me encarno a mí mismo, pero con conciencia del futuro del que vengo. Sin embargo, y por un motivo muy lógico, si llegase a volver a C.H., actuaría exactamente igual. Pero acá tengo que detenerme un segundo, porque si bien la continuidad resulta fácil de entender, la fantasía del viaje en el tiempo puede estar tan arraigada en nuestras mentes que cueste sacarla. Así pues, para agradar a su vista, cambio de párrafo, que así se ve ordenado y decente el asunto.
Cuando nuestro C.H. se estaba desarrollando (es decir, el minuto en la suerte de línea de tiempo personal -esa que se hace cada uno al pensar en su propia vida- en que actuaba de forma tal que ahora me arrepiento), ciertas cosas ocupaban mi mente: ciertas convicciones, cierta idea de acción-reacción, o, lo que es mucho más común, la ausencia total de todo eso, y el prevalecer del así llamado "instinto". En otras palabras, algo o la falta de algo causaron que yo actuase de manera determinada. Para hacer el asunto más ilustrativo, tómese una pareja, o, mejor dicho, una pre pareja: un hombre y una mujer en la típica situación de conquista (sea quién sea el que efectúa los rituales). Como referirse a ellos en abstracto resulta, cuando menos, tedioso para mi, llámese a nuestros personajes Juanito y Juanita, nombres sencillos, fáciles de recordar, y maravillosamente adecuados, por cuestiones de imaginación (es decir, de cómo los imagino, físicamente, a raíz de sus nombres), para lo que han de servir. Pero conviene acá cambiar nuevamente de párrafo, porque así el lector podrá volver a la historia de Juanito y Juanita con rapidez, que no es que vaya a hacer falta, pero suena, sin embargo, como algo bueno.
Siempre sucede, entonces, que uno, o los dos, se arrepienten de al menos una de las cosas que han dicho o hecho en estos momentos ritualísticos. Asúmase, por seguir con el ejemplo, que Juanito (porque solemos ser los hombres los tontos), totalmente convencido de que esta haciéndolo muy bien, le dice a Juanita "que bonitos ojos tienes". Ésta, probablemente, no le contestará "son para verte mejor", sea porque no tiene la animalidad suficiente, los pelos suficientes, el hocico suficiente, la intención de masticar a su pareja, o, simplemente, porque no suele suceder. Lo más probable, de hecho, es que la mujer gesticule (o, al menos, lo intente) una leve sonrisa, como queriendo mostrarse halagada por cosas de cortesía (pues, en realidad, el asunto le cae como un ladrillo). Acá hay dos resultados casi igualmente probables; ambos llevan a un mismo fin, pero uno es muchísimo más rápido: o bien Juanito entiende el mensaje y se calla, o bien cree que el asunto estuvo de lo mejor, y sigue haciendo comentarios de ese tipo, hasta que nuestra pobre muchacha se ve en la obligación de ser terminante al respecto: hacerle saber que no está logrando su cometido. Sea lo que sea que suceda, después de un tiempo, el increíblemente estúpido personaje masculino se dará cuenta de lo que significaba la sonrisa de la femme, y se arrepentirá enormemente de haber dicho esas cosas. En ese preciso momento (la caída de la teja, por llamarlo de alguna manera), el cortejador se sentirá mal consigo mismo y todo lo que eso implica; creo innecesario transcribir esa sensación. Sin embargo, todo el sentirse mal es consecuencia del conocimiento; esto es, si Juanito no hubiese dicho la frase, no sabría que estuvo mal. Por otro lado, además de esta ignorancia, hay un montón de cosas que determinaron (o, mejor dicho, que podrían haber determinado) que nuestro pobre ser de nombre sencillo, fácil de recordar y todo lo demás, pronunciase la frase en cuestión, a saber: sinceridad, deseo de hacer saber sus ganas de llevar la relación más allá, experiencia, etc. Lo que quiero decir, entonces, es que toda persona, en un determinado momento, está conformada por una infinidad de cosas, por una idiosincrasia definida (aún si la misma persona no la conoce en su totalidad, lo que es, dicho sea de paso, bastante común; tanto, de hecho, que no creo que sea posible saber todo lo que se es en un momento cualquiera. Pero ese es un tema mayor, que no tiene cabida del todo en el presente ensayo). Así, volver en el tiempo, volver a C.H., implica volver a esa idiosincrasia, a ese punto en la vida, a todo lo que pudo tener que ver con la decisión tomada; esto, a su vez, significa volver a decidir exactamente lo mismo. Juanito, entonces, sin importar cuanto lo intentase, volvería a decir la misma frase, y su viaje en el tiempo, de ser posible, sería infructuoso, pero ya volveré a esto más adelante.
Ahora bien, volviendo al asunto tipo mosca de mantequilla, mi estimado lector podrá decir que, considerando que se está volviendo desde un tiempo futuro, está la conciencia de la experiencia, del arrepentimiento posterior, y, por ende, se haría algo para cambiar el desenlace. Ante esto respondo que se tenga en consideración la continuidad, elemento importantísimo en nuestra concepción de tiempo: si nunca se hubiese llevado a cabo tal acción, nunca habría habido arrepentimiento y, por ende, no habría viaje al pasado. Volvamos a Juanito, que una vez más facilitará nuestras vidas: si nunca hubiese dicho "qué bonitos ojos tienes", nunca habría obtenido la respuesta de Juanita (cualquiera que ésta haya sido), y nunca se habría arrepentido de lo que dijo. O sea, nunca habría tenido la necesidad o las ganas de viajar en el tiempo, pues el "error" a corregir nunca ocurrió, y si así fuese, nunca habría habido viaje alguno. Es como lo presenta la película "La Máquina del Tiempo", aunque en versión Juanito, claro.
Podría decirse entonces, todavía buscando una forma de permitirle a Juanito el enmendar su error, que el tiempo existe en "dimensiones paralelas", y que, en cada una de ellas, la vida entera y cada segmento de la misma se están repitiendo constantemente, de manera que uno estaría presente en cada uno de los instantes de su vida y viviéndolos todos al mismo tiempo. O sea: en una dimensión ocurriría, por ejemplo, el nacimiento de Juanita; en otra, su primer beso, y todavía en otra, su situación con Juanito. Todas éstas al mismo tiempo, pero en un espacio distinto. El problema, sin embargo, es que el tiempo puede llegar a ser infinitamente pequeño: siempre es posible fraccionarlo; no tiene unidad mínima (de medición quizás, pero eso no significa que no exista una porción de tiempo aún más ínfima que dicha unidad. Significa, únicamente, que no podemos medirla, salvo como fracción de). Así, no hay límite para un instante que se repita constantemente: puede ser un par de horas, como puede ser una milésima de segundo. Y entonces, ¿dónde empieza y dónde termina "el primer beso de Juanita"? ¿Qué parte de éste está siendo repetido constantemente en su dimensión correspondiente? ¿Existe, acaso, una dimensión para cada fracción de segundo de este evento? Esto no sería importante si no fuese porque muchas cosas pueden pasar en una fracción de segundo: un pensamiento que resulte, de alguna manera, determinante; la muerte de una persona; el vuelo de un mosquito. ¿El vuelo de un mosquito? Sí, precisamente: es imposible saber qué cosas tienen o no tienen un impacto en la vida de las personas. El vuelo del mosquito, como la piel del jaguar en La escritura del Dios, bien podría contener un mensaje secreto. Con esto en mente, la idea de instantes que se repitan constantemente no puede resultar, por el simple hecho de que no hay cómo determinar cuánto se repite, ni cuánto de eso tiene alguna relevancia: el tiempo, como ya dije, puede ser infinitamente pequeño. Por lo tanto, aún si se lo concibiera como dimensiones conectadas por alguna suerte de nexo, en que cada una repite una porción de la vida de una persona, la cosa no funciona, porque tendrían que haber infinitas dimensiones en que cada una repita una fracción infinitamente pequeña. Siendo así, sería imposible cambiar el pasado, al menos a conciencia: por un lado, difícilmente podríamos afectar, de una forma planificada, sobre un espacio de tiempo infinitesimal; por el otro, no sabríamos cómo conseguir el efecto deseado, justamente porque no sabemos de qué cosas dependen qué cosas (no sabemos, por ejemplo, qué hizo a Juanito decir lo que dijo. Quizás podríamos reconocer algunas cosas, pero aún si así fuese, no podríamos comprobar si tenemos razón).
Vuelvo, entonces, a la teoría de la mosca de mantequilla, porque mi increíble capacidad empática me dice que su mente abraza (o cerebrea, porque las mentes no tienen brazos) la idea de que no es imposible una línea de tiempo continua, de causas y efectos, en la cual, como pasa en la película, volver al pasado sea cosa de leer un diario, ver fotos, o vaya uno a saber qué método. En esa concepción, y justamente por la continuidad, está el conocimiento del efecto y de la causa, conocimiento que proviene de recordar, de pensar en lo que se ha hecho y en lo que ha pasado. Yo, en lo personal, le creo a Hume, a Kant y a tantos otros que desconozco: el nexo causa-efecto es cosa personal; la propia mente lo agrega a dos hechos particulares para ordenarlos, clasificarlos, y entenderlos. Si mi entusiasmado y posiblemente extrañado lector no piensa como yo, pensará entonces que el viajar al pasado consiste, precisamente, y como ya dije, en ser la conciencia futura encarnada en el ser pasado. Esto provoca el ya mencionado problema del cambio del pasado esperando construir un futuro distinto, en que, de no suceder una cosa determinada en dicho pasado, el futuro que provoca el viaje en el tiempo no sucedería, y, por lo tanto, no podría darse el deseado cambio en el futuro.
Acá, espero, levanta la vuestra merced una ceja y empieza a pensar que mi locura finalmente me ha consumido, y que no hablo con mucho sentido, o que, al menos, soy incapaz de producir un texto comprensible. Eso está muy bien, porque significa que se da cuenta de lo absurdo del postulado: un evento pasado (que viene a ser la modificación del pasado original) dependería de un evento futuro, el cual, a su vez, depende del pasado sin la dicha modificación. Quiero decir: si se cambiase el pasado de manera tal que el futuro fuese el deseado, sucedería que dicho futuro (llámeselo, para evitar confusiones, F') sería consecuencia del pasado modificado (P'), pero éste, a su vez, depende del futuro originado por el pasado a modificar, P. Sería algo así como P-->F-->P'-->F', con lo cual todo depende, en primera instancia, de la realización de P. Si P se cambiase por P', F no podría existir, luego P' tampoco, y así que F' tampoco tiene lugar en la ecuación. Dicho más simplemente: aún si se pudiese viajar al pasado, nada en él podría ser modificado, pues hasta la más mínima cosa tendría alguna influencia sobre el futuro F, que tiene que realizarse para que siquiera la más remota posibilidad de P' exista. Como me interesa que esto se entienda, Juanito al rescate: su pasado a modificar, P, es él diciendo "qué bonitos ojos tienes". Esa frase, esa situación, crea, según la continuidad, un futuro F, que sería, como hemos visto, Juanita esbozando una sonrisa, o respondiendo de alguna mala manera (mala para Juanito, porque si no, no tendría de qué arrepentirse). Tras entender, o asumir que entiende, que F es consecuencia de P, Juanito busca (y encuentra en este nuestro C.H.) la forma de volver al pasado para cambiar a P, o sea, para no decirle a Juanita "qué bonitos ojos tienes". Al conseguirlo, el futuro cambia, y este nuevo futuro sería F', que estaría determinado por P' -el pasado en que Juanito no dice lo que dijo. Mas este nuevo futuro depende de que Juanito se haya arrepentido, porque eso llevó al viaje en el tiempo en primer lugar, del que depende todo lo demás, y he ahí lo absurdo de la mosca de mantequilla (recordemos, una vez más, a "La Máquina del Tiempo"). Si todo esto no es suficiente para mi querido lector, o si simplemente no lo leyó, espantado ante tanta similitud con la matemática (o ante tanto Juanito), basta considerar que toda esta teoría depende de que el nexo causa-efecto exista, cosa que no es segura. Si no existiese, si fuese sólo una cosa puesta por los humanos, entonces nada de lo que hiciéramos cambiaría el futuro, pues no está determinado por un evento pasado, ni por ningún otro evento, dicho sea de paso.
Así, sea como sea que quiera entenderse la cosa, cambiar el pasado es imposible. Pensará el lector que esta afirmación se limita a las concepciones de tiempo de las que me hecho cargo, pero ¿cómo más puede entenderse el tiempo? Podría decirse que no existe, que lo que hay es una variación de espacio, y el tiempo se inventó para medir o clasificar esa variación. Bien, pero eso no implica que no exista, sino todo lo contrario: la variación del espacio no es percibida como algo instantáneo, sino como algo gradual, y así que, aún si el tiempo no tiene ninguna realidad en sí mismo, sino que es un mero producto de nuestra percepción, el hecho de que podamos percibirlo (en, por ejemplo, reconocer algo como "gradual") lo hace una dimensión más en nuestras vidas, tan real como pueden ponerse las cosas. Lo único que esto significaría, por lo tanto, es que el tiempo no es absoluto, y eso es precisamente lo que he querido demostrar: más allá de la falta de medios para el viaje al pasado, lo importante son los motivos por los cuales éste sería infructuoso, pues están dados por las mismas normas que originan la idea en primer lugar; así, el mismo absoluto y omnipresencia del tiempo hacen que el viaje a través del mismo sea imposible, o, cuando menos, ridículo.
En conclusión, sea cuál sea la definición de tiempo que Don Lector prefiera, el viaje a través del mismo es imposible. Se comprueba, entonces, que, para que el tiempo sea tiempo, aún si se inventara una forma de volver en él, ésta requeriría el olvidar todo lo aprendido desde el momento al que se está viajando hasta el momento en que se está viajando (desde que Juanito pronuncia la frase del destino hasta que encuentra la forma de viajar al pasado), de manera que se vuelva a ser la misma persona que en C.H. actuó como no debería haber actuado, y volver a cometer el mismo error; sin conciencia, claro, de que se lo está cometiendo, al menos no hasta el momento en que uno se arrepiente. Ahora bien, si esto llegase a suceder, la vida de una persona sería un círculo: se arrepiente de algo, vuelve al pasado, hace lo mismo, se arrepiente nuevamente y viaja al pasado otra vez, donde el proceso se repite. No es una vida de lo más deseable. Resulta mejor, entonces, simplemente decir "qué bonitos ojos tienes" y arriesgarse a que la moderna femme citada3 sea, en realidad, un lobo come-abuelitas disfrazado, con todo lo que eso conlleva.
(1) Llegados a este punto, la frase suena de lo más ominosa. Imposible dejar de hacer tan importante comentario.
(2) Se me ha hecho saber que existe una novela en la cual esta película está basada. Una rápida exploración virtual revela que su autor fue un británico, Herbert George Wells, y que fue publicada por primera vez en Londres en 1895 (http://es.wikipedia.org/wiki/La_m%C3%A1quina_del_tiempo). Yo no la leí, pero, por suerte, tal cosa no hace falta para mis malignos propósitos para con este ensayo, pues éstos son de lo más ignorantes: me valgo de la película para intentar dar un ejemplo concreto de lo que quiero decir; y así que novela o película sirven igualmente. Estas quizás sean las líneas más inútiles que haya usted leído; gloria, oh gloria, por su autor.
(3) Juanita. Un nombre así no se puede dejar de decir.
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